Viaje a la Marinaleda turca: «El capitalismo es un obstáculo que debemos respetar» (El Mundo)

Artículo original en El Mundo

Lluís Miquel Hurtado / Ovacik

La utopía roja no está a la vuelta de la esquina. Alcanzarla requiere volar en avión, cruzar un pantano en transbordador y serpentear a toda pastilla por entre las cornisas pétreas de Dersim, hogar histórico de los kurdos zazas, atravesando controles militares mientras el temerario conductor del minibús escucha, sin frenos, el folk izquierdista de Grup Yorum. Finalmente llegamos a Ovacik, que es, para alivio del viajero, menos similar a un frío soviet de viviendas jruschovki que a una aldea bucólica de interior.

Ovacik, rodeada de pastos y cruzada por el azulísimo río Munzur. Donde el panadero hornea el pan, el ganadero ceba las vacas, el campesino cosecha y Fatih Mehmet Maçoglu hace todo eso y más. El único edil de la Federación de Parlamentos Socialistas, recio, desaliñado y perennemente sonriente, labra a diario su imagen de hombre del pueblo dejándose fotografiar en las tareas más variopintas. Las imágenes llenarán en las redes sociales bajo el epígrafe «alcalde comunista»: la revolución será márketing o no será.

El vestíbulo de la sede municipal, sin guardia y abierta todo el día, es una biblioteca de acceso libre con sofás. Es la hora de la siesta y un grupo de 20 mujeres de Estambul, de viaje por la zona, ha acudido con la expectativa de conocer a Maçoglu. No se hace de rogar. Llega conduciendo una furgoneta de currito, entra en la sede sin alardes y se deja querer. «No lo conocía, pero mis amigas lo adoran», reconoce una de las viajeras, justo antes de posar ufana para la foto con el alcalde, que acto seguido nos recibe.

«Si no existiera el pueblo ¿qué harían los políticos?», enhebra el político. «La cuestión es reorganizar una administración, mostrándole al pueblo las contradicciones del capitalismo y, luego, el socialismo. El primero quiere explotar al pueblo y el segundo que avance», sentencia, parapetado tras el escritorio de la alcaldía y flanqueado por un retrato de Atatürk, el fundador de la República turca, y otro de -¡sorpresa!- del Che Guevara. «Por cierto», inquiere, «¿qué tal todo por Marinaleda?».

Con menos rimbombancia que Juan Manuel Sánchez Gordillo, pero con el mismo afán mediático que el sindicalista andaluz, Fatih Mehmet Maçoglu, que roza el medio siglo de vida y declara haberse hecho comunista «en la escuela», ha pasado los cinco años de legislatura enfrascado en su pequeña revolución, que combina iniciativas de gobierno radicales con pequeños destellos de populismo. En Ovacik el transporte público es gratuito, el agua cuesta apenas un pellizquito, se construyen viviendas sociales y los estudiantes son becados. La cooperativa, joya del soviet anatólico, no deja de ganar socios.

EN OVACIK EL TRANSPORTE PÚBLICO ES GRATUITO, EL AGUA CUESTA UN PELLIZQUITO, SE CONSTRUYEN VIVIENDAS SOCIALES Y LOS ESTUDIANTES SON BECADOS

«En Turquía, el Gobierno transfiere fondos a los ayuntamientos para servir a la gente. Hay quien los usa para crear infraestructuras que, a su vez, generen ganancias. Nosotros lo invertimos en un servicio real», explica Maçoglu, que gobierna para 3.100 almas. «Hay necesidades básicas como el transporte o el agua. Si se dejan aparte necesidades extra, se pueden conceder muchos servicios. Creemos que las necesidades básicas no son un bien con el que hacer negocio«.

Ovacik no goza de polideportivo ni de grandes virguerías urbanísticas como a las que el partido islamista turco del presidente Erdogan, ha acostumbrado a sus feudos. Sin embargo, en este espartano pueblo rural, la mayoría de vecinos parece estar a gusto. «Muchos quieren venir a vivir aquí», asegura Senem quien, siguiendo la estela de cada vez más jóvenes de Estambul, cambió su caos por la calma chicha de ciudades secundarias. O por la hilaridad del Kuba Cafe, que regenta con su marido Deniz.

Además de servir cafés y música caribeña, ella participa en la asamblea ciudadana, una junta voluntaria que asesora a Maçoglu. Él, por su parte, dirige la cooperativa, que ha lanzado al mercado la Leche Comunista o la Miel Comunista, ambos profusamente promocionados en Instagram junto al rostro jovial del alcalde. «Encargándonos de toda la producción y eliminando intermediarios hemos reducido el coste del producto», dice Deniz. «Debemos proteger los derechos de los productores y de los consumidores, aunque eso signifique no tener grandes beneficios, no generar plusvalía», añade Maçoglu.

En una Turquía donde grandes redes clientelares, arraigadas en el caciquismo local, sostienen el poder, donde la corrupción es el elefante en el cuarto y la transparencia política es anécdota, Ovacik se ha convertido en una excepción singular y aplaudida. Cuando el alcalde imprimió los últimos presupuestos en una pancarta que colgó en la fachada del ayuntamiento, el Twitter turco se revolucionó. Este 31 de marzo, el líder comprobará si esta popularidad virtual se traduce en votos. Ha elevado su apuesta. Se presentará para la alcaldía de la vecina Tunceli, la capital provincial. Su programa: más comunismo.

O casi.

«No es posible gobernar aplicando todos los principios comunistas», acaba confesando. «Este es un país con leyes capitalistas, y eso es un obstáculo. Pero debemos respetarlo. No todo depende de mí. Ni la educación, ni la salud, ni la agricultura, ni la ganadería. Todo eso depende de Ministerios o de delegados del Gobierno. Ahora sólo usamos el socialismo de forma instrumental. Luchamos al servicio del sistema socialista, lo desarrollamos y lo convertimos en la ideología de estas tierras». Su objetivo final, concluye, es «crear un espacio común, dentro de los límites municipales, donde se cubran las necesidades básicas».