Mi mente sobre el asfalto

En la República Islámica de Irán la forma más directa de conectar con Dios es viajando en mototaxi. Qué rezos más sentidos, qué plegarias más sentidas se le ocurren a uno mientras, yendo de paquete en aquella carraca con motor de dos tiempos, se desliza por entre los coches con la temeridad compulsiva de quien le ha tocado la lotería. 

Hay dos razones para ir en mototaxi: querer evitar los atascos o querer evitar estar vivo. Normalmente tu intención es la primera, aunque el conductor está convencido de que, en realidad, es la segunda. Es así como acabas circulando por el arcén de una autovía en sentido opuesto. Rezando hasta en sánscrito, si se tercia.

De paquete en mototaxi sin casco, en hora punta y a contradirección. ¿Qué puede fallar?

No me malinterpreten. La mayoría de conductores de mototaxi son buena gente, atentos, cordiales y comunicativos. Tanto que se pasan el viaje dándole al palique. En una ocasión, mi amable y proactivo motorista quiso demostrarme cuán puesto estaba en mi cultura que soltó una mano del manillar, en plena autopista, y, agitando el brazo en el aire, se puso a gritar: “¡Party! ¡Party! ¡Party!”. Salvaje juerga.

Hay dos formas de subirse a un mototaxi: solicitándolo a través de una aplicación tipo Snap, el Uber iraní, o recogiendo a cualquier motorista de mirada despistada en medio de la calle. En ambos casos la experiencia será idéntica: el primer acelerón marcará la tónica del viaje, mantenga su cuerpo replegado y la dentadura bien constreñida cuando el vehículo penetre por entre huecos imposibles, trate de no pensar en la miríada de formas en que su sus sesos podrían desparramarse por el asfalto si la dosis de suerte se agota durante el trayecto.

Las pizas en camino (o no).

Cuando tuve aquella maldita edad en que los videojuegos te vician y tienes pasta para pagarte una sesión de arcade mi obsesión era el Radikal Bikers. El juego consistía en agarrar un manillar físico y, encarnado digitalmente en un repartidor de pizzas a domicilio, atravesar como quien ha oído fuego una ciudad repleta de obstáculos. Podías meterte por entre las obras, propulsarte hasta saltar por encima de camiones y repartir bocinazos por aquí y por allá porque el sentido último de tu vida en el videojuego era, al fin y al cabo, que la torta con carne picada que llevabas detrás alcanzara su destino a tiempo. Hoy sé en qué se inspiró.