Judíos en el país del ‘muerte a Israel’

Artículo original en El Mundo

Lluís Miquel Hurtado / Teherán

La mirada hosca, grave y sempiterna del ayatolá Jomeini cuelga retratada de la misma pared que un pergamino con los 10 mandamientos en hebreo. Para quien ha crecido oyendo al líder revolucionario chií Jomeini vaticinar hasta la extenuación la destrucción de Israel, y al presidente de ese país proclamarse defensor de la fe sobre la que versa el pergamino, aquella visión resulta insólita.

-Que salga Netanyahu diciendo que él representa a todos los judíos del mundo es como si el líder de Daesh [acrónimo del grupo yihadista Estado Islámico] sale diciendo que él representa a todos los musulmanes. O como si un clérigo de rango medio se proclama papa de todos los cristianos.

Sentencia el doctor Ciamak Morsadegh, calvo, barbilampiño, rechoncho y contundente como un bolaño, director del hospital judío, cuyo despacho principal alberga dichos retrato y pergamino, rodeado por las calles polvorientas, contaminadas y agitadas del islamista sur teheraní. Morsadegh es diputado y representa a los cerca de 13.000 judíos, según se estima, de Irán en el Machles, el parlamento iraní.

«Ser judío no significa estar de acuerdo con cada acción del ejército de Israel, o cada postura de su régimen», se justifica el médico mientras incurre, como muchos colegas de profesión, en la furtiva contradicción de fumar en el escritorio. «Justo por haber sufrido la peor masacre de la Segunda Guerra Mundial deberíamos empatizar más con los oprimidos. Parte de ellos son los palestinos. E Israel está violando a diario sus derechos humanos y territoriales».

Un fiel judío entrando en la Gran Sinagoga de Teherán. Foto: Lluís Miquel Hurtado.

-Pero disculpe, ¿no fue el ex presidente iraní Mahmud Ahmadineyad quien negó el Holocausto y organizó un congreso de revisionistas?

-Estamos en un hospital caritativo judío, que atiende a un 80% de pacientes musulmanes, y que durante la crisis económica del período Ahmadineyad recibió de su Gobierno dos millones de dólares para salir adelante. Ahmadineyad es un radical antisionista, pero no antisemita. Ataca al sionismo, a Israel, pero no quiere matar judíos. Claro que negar el Holocausto es inaceptable para los judíos iraníes. Durante su presidencia le recordamos que negar la existencia del holocausto es como negar la existencia del sol.

Políticos activos

En el Parlamento iraní hay tres asientos para los cristianos, repartidos en dos para cristianos armenios y uno para asirios; otro para los zoroastrianos -una religión milenaria que todavía define la identidad persa- y uno más para los judíos. La comunidad judía vota a su candidato en urnas específicas instaladas en las sinagogas de las principales ciudades habitadas por judíos: Teherán, Shiraz, Isfahán, Kermanshá y Yazd. «Si bien un escaño cuesta 200.000 votos, con los judíos se hace una discriminación positiva. Por ejemplo, a mí me eligieron con alrededor de 5.000 votos», recuerda Morsadegh. «El grupo parlamentario de las minorías es uno de los más activos. De hecho, un 30% de las peticiones de intercesión que recibimos procede de ciudadanos musulmanes».

«Los radicales sionistas y los antisemitas son dos caras de la misma moneda», asiente el político. E Irán ama -y patrocina con interés obvio, a diferencia de otras minorías proscritas y perseguidas- a sus judíos, añade Morsadegh, unidos por milenios de historia conjunta, lo que no tolera es el sionismo. El doctor recuerda con entusiasmo al rey persa Ciro el Grande, que hace 2.500 años decretó el retorno a Judea de los judíos cautivos en Babilonia y subvencionó la reconstrucción del Templo. Por el contrario, Irán abomina la corriente nacionalista, nacida en el siglo XIX, que llevó a establecer un Estado para los judíos en Oriente Próximo, a toda costa.

En vez de asquenazíes, la comunidad étnica centroeuropea, de fe judía, en la que nació el sionismo, la mayoría de judíos en Irán son mizrajíes o sefardíes -descendientes de los expulsados de la Península por los Reyes Católicos- y no distinguen raza o ascendencia. Sí manifiestan, por otra parte, un profundo sentimiento nacionalista iraní que no desaparece ni entre muchos de los judíos iraníes que abandonaron el país a finales de los 70, cuando el nuevo gobierno islámico, que había despedazado la sólida alianza del Sha con Tel Aviv y Washington, todavía andaba en pañales y clamando la destrucción de Israel.

Ciamak Morsadegh explica que hay más de 100 sinagogas en Irán, 50 de ellas activas diariamente, además de cinco escuelas privadas, en las que se educa en el credo judío y se enseña su lengua sagrada, el hebreo.

«A diferencia de las amenazadas sinagogas europeas o turcas, en las de Irán no vas a encontrar cámaras de seguridad, ni guardas, ni deberás pasar dos controles de seguridad para acceder», asegura el médico.

Nacionalismo y kipás

La gran sinagoga de Teherán es un ortoedro de ladrillo solemne erigido en el distrito de clase media de Yusef Abad. Una verja barroca protege su cara norte. Llamamos al portero automático. Rahmatolá Shamsian, su anciano custodio, cuya coronilla resguarda una kipá, sale a recibirnos, nos abre el portón y nos sorprende: dentro hay un inmenso salón repleto de asientos, un altar, de madera finamente tallada, un retablo, compuesto con las mismas deliciosas cenefas cerámicas coloridas que las mezquitas iraníes.

Es media tarde. En sigilo, con paso lánguido, una decena de hombres y mujeres van entrando en el templo, pululando por entre las butacas. «La comunidad judía es muy activa. Aquí se reza cada día, sin falta: mañana, tarde y noche», enfatiza Shamsian, «y suelen acudir entre 30 y 40 personas a diario. Aunque los Shabat se llena hasta arriba. En la sinagoga caben unas 560 personas, 160 de ellas en la sección de mujeres», que se encuentra -como en muchas mezquitas-, arriba, al fondo, en un rincón.

El venerable escolano se declara iraní, uno más, «Irán es nuestro país y no hay diferencia entre iraníes». Consciente o inconscientemente, lo demuestra practicando con este periodista la ancestral tradición local del taroff, consistente en exhibir una hospitalidad desmesurada, incluso en los momentos más inoportunos:

-¿Te apetece un café o un té?

-Eh… sí, té, gracias.

-Vaya. Pues deberás tomarlo tú solo, porque estoy ayunando…

…Y mientras saca los cacharros del cajón de la cocina, enciende la lumbre de gas, calienta un poco de agua, vierte el líquido en la pequeña cacerola y remueve la mezcla, aprovecha para relatar cómo la joven Esther salvó al pueblo judío de la catástrofe, cinco siglos antes de Cristo, al convencer al rey persa Asuero de no ejecutar a Mardoqueo y matar, en su lugar, a su visir y enemigo de los judíos, Amán. Y que, en agradecimiento, la comunidad judía ayuna en la víspera de la festividad del Purim:

– ¿Qué qué tal con los vecinos? Pues perfecto.