Jihadi John, la ‘perturbada’ voz de la guerra del IS a Occidente


Ésta es la historia de un hijo de beduinos, discriminados en su Kuwait natal, que llegaron al Reino Unido buscando una vida mejor allá por 1994. El niño, Mohammed Emwazi, tenía ya seis años cuando la familia se instaló en Queens Park, el barrio del noroeste de Londres donde acabaría echando raíces y alimentando el odio larvado que, con el tiempo, le llevaría a convertirse en ‘John el Yihadista’, el verdugo del Estado Islámico.

De pequeño, asimilado a medias a la cultura británica, soñaba con ser algún día futbolista del Manchester United, mientras escuchaba las canciones de los S Club 7. Su padre, taxista, le matriculó en la escuela religiosa de St Mary Magdalene Church of England, de uniforme rojo. Era el único musulmán en su clase. Al principio, le costó con el inglés y solía dar la nota escribiendo en la pizarra en árabe durante de la clase de Religión, pero el fútbol fue su mejor pasaporte.

El pequeño Emwazi acabó siendo relativamente popular en la escuela, aunque el último año lo superó a trompicones tras golpearse la cabeza con un poste. Durante seis semanas, no le volvieron a ver; sus ex compañeros aseguran que nunca volvió a ser el mismo. A los 13 años, conocido con el mote de ‘Little Mo’ [pequeño Mo] por su escasa estatura, el chaval entró en la academia de Quintin Kynaston en St. Johns Wood.

Al principio se sintió en su salsa, rodeado de estudiantes árabes. Allí tuvo su primer ‘flechazo’ con una compañera de clase, Ahlam Ajjot. Pero pronto sufrió el acoso de los matones. En el colegio le tenían marcado precisamente como ‘víctima’ y no como agresor. Era tímido, hablaba poco, tenía las típicas explosiones de ira de la edad, pero nunca sembró alarma en la escuela, tipificada como “conflictiva” y famosa por los enfrentamientos con el cercano y privadísimo Colegio Americano.

A los 13 años, ‘Little Mo’ dio el estirón y se unió a una banda del barrio. Fumaba marihuana, se emborrachaba a menudo y llegó a participar en un par de robos. Sus padres arremetieron contra él por vestirse con pantalones anchos, con gorras de béisbol y con la inevitable sudadera de capucha. La religión quedó entonces en segundo plano y su expediente académico se resintió, aunque acabó redimiéndose gracias a su interés por los ordenadores.

‘The London Boys’
Se matriculó en Informática en 2009 en la Universidad de Westminster, albergue de una de las sociedades islámicas más radicales del Reino Unido, criticada en un reciente informe por sus mensajes “hostiles e intimidatorios hacia las mujeres”. Presumiblemente, allí contactó con un grupo de jóvenes radicales, seguidores del predicador Hani al Sibai, y con una célula local de Al Shabaab conocida como ‘The London Boys’ [los chicos de Londres]. Ese mismo año participó en una contramanifestación en la mezquita central de Harrow, junto a varios militantes fichados por Scotland Yard y el MI5.

El año 2009 marcó definitivamente su vida. Emwazi viajó a Tanzania junto a Bilal el Berjawi y su vecino Mohamed Sakr, que se afilarían con el tiempo al grupo Al Shabaab y morirían en ataques de drones estadounidenses en Somalia. El ‘aprendiz’ de yihadista, que alegó que su viaje era para participar en su safari, cayó en las redes de los servicios secretos, que intentaron reclutarle infructuosamente.

Luego, Emwazi volvió a Kuwait y vivió temporalmente con la familia paterna. Encontró empleo en una empresa de tecnología, donde se ganó la fama de trabajador ejemplar, antes de regresar al Reino Unido y permanecer bajo “vigilancia especial”. A finales de 2010, Emwazi estaba convencido de que el MI5 había puesto precio a su cabeza. “Soy hombre muerto”, escribió por correo electrónico al periodista Robert Verkaik, del ‘Mail on Sunday’, con quien se mantuvo en contacto antes de “desaparecer”.

Emwazi llevó su caso al grupo Cage, una organización londinense que ofrece protección legal frente a los abusos de la “guerra contra el terror”. Asim Qureshi, su director, se refiere a él como “la persona más humilde que jamás he conocido” y asegura que el hostigamiento de las autoridades británicas radicalizó a ‘John el Yihadista’. En 2013, como antes, y pese a haber cambiado su nombre por el de Mohamed al Ayan, fue detenido por agentes en Heathrow al pretender viajar a Kuwait.

Cuatro meses después apareció en Siria, saliendo posiblemente del Reino Unido en la parte trasera de un camión y siguiendo la estela de los más de 700 yihadistas británicos que han engrosado las filas del Estado Islámico (IS) en los dos últimos años. ‘John el Yihadista’ era un total extranjero en aquel país, al que había llegado, como miles de forasteros más nacidos en familias árabes pero radicalizados lejos de ellas, para contribuir a su deriva extremista.

En aquel momento, Siria llevaba pocos meses en guerra, iniciada por los bombardeos indiscriminados del presidente Asad contra parte de la población civil. Para entonces, el Estado Islámico no existía, pero sí el Frente Al Nusra, franquicia de Al Qaeda en Siria. Precisamente Abu Bakr Bagdadi, quien acabaría autoproclamándose ‘califa’ del IS años después, se encontraba en aquel momento a las órdenes del doctor Zawahiri para fortalecer la rama siria de la red yihadista global.

Violento relleno de odio
“Es un psicópata. Un sádico que disfruta haciendo daño”, dice de Mohammed Emwazi uno de los presos que estuvo en contacto con el yihadista abatido este jueves. El primer relato completo de este personaje es de Javier Espinosa que, siendo corresponsal en Oriente Medio de EL MUNDO, sufrió un secuestro de seis meses junto al fotoperiodista Ricardo Garcia Vilanova y el reportero de ‘El Periódico de Catalunya’ Marc Marginedas.

En el diario de sus memorias de secuestrado, publicado en marzo de este año, Espinosa describe a Mohammed Emwazi como un violento desaprensivo, carente de empatía y relleno de odio hacia cualquier occidental. Integraba un cuarteto de yihadistas que, en los primeros tiempos de cautiverio, acabaría siendo trío por la desaparición de uno de ellos, que se ganó el grotesco apelativo entre los prisioneros de ‘los Beatles’ por su exquisito acento británico.

“No dejaban de ser, al menos John, bribones de bajo calado sin la más mínima experiencia militar”, matiza Espinosa, dando a entender que la prominencia del verdugo era más bien escasa. De hecho, fuentes del IS detallan que los extranjeros viviendo en su territorio -30.000 según estimaciones del Gobierno de EEUU-, pese a suponer un gran número, tienen un peso político diminuto. Sirios e iraquíes, especialmente gente del régimen de Saddam Hussein, copan los puestos operativos.

A pesar de tener la cúpula vetada, Mohammed Emwazi, conocido entre sus colegas como ‘Abu Abdulá el Britani’, se ganó cierto estatus. Lideró programas de entrenamiento de nuevos reclutas al oeste de Raqqa, el bastión del califato. Allí formó dúo con un yihadista australiano que dirigía el adiestramiento de francotiradores. Emwazi era el jefe. El campo, en una zona llamada Muscana, fue bombardeado por la coalición internacional anti-IS antes de la pasada Navidad.

“Es como el sargento de un ejército”, aseguró a finales de febrero pasado un ex yihadista al periódico británico ‘The Guardian’. Fruto de su formación, ‘Britani’ era, además de un carnicero, un pirata informático soberbio. ‘The Guardian’ señala que el sistema de comunicaciones blindado que empleó el IS durante la negociación por los rehenes, que lleva aparentemente el sello del británico ‘John’, no permitió adivinar datos sobre su paradero. Habitualmente se lo ha situado en Raqqa y aledaños.

El enemigo de Occidente
Ni siquiera la omnipotente agencia de seguridad estadounidense NSA pudo penetrar en su momento en la red digital pergeñada por el informático Emwazi, la cual hacía que las conexiones desde Siria aparecieran, en los monitores de los agentes, como conexiones hechas desde la ciudad israelí de Tel Aviv.

Cuando no tecleaba, incurría en su histrionismo sádico golpeando reos. Lo hacía, según sus víctimas, casi a diario, con una saña inusitada y justificándolo con las excusas más peregrinas. “Cuando llegaron hasta la esquina que solíamos ocupar Ricardo y yo, ‘John’ se refirió a una de las imputaciones más peculiares que nunca había escuchado. No se acordaron de que España participó en la invasión ilegal de Irak o de su presencia en Afganistán”, relata Javier Espinosa sobre uno de sus encuentros con Mohammed Emwazi, “el extremista se sintió ofendido por la celebración de las Fiestas de Moros y Cristianos, actos a los que nunca he asistido”.

Los objetivos favoritos de los puntapiés de Emwazi fueron Jim Foley y Peter Kassig, ambos estadounidenses y con un vínculo pasado con el ejército de EEUU. Tanto Foley como Kassig fueron decapitados por el propio ‘John’: Jim el 19 de agosto de 2014 y Peter el 16 de noviembre siguiente. Fueron las grabaciones propagandísticas de las ejecuciones de rehenes occidentales, protagonizadas por ‘John’, las que lo popularizaron y convirtieron en ‘enemigo de Occidente’.

A finales de febrero pasado, ‘The Washington Post’ publicó que la Inteligencia había identificado como Mohammed Emwazi a quien, hasta la fecha, sólo se conocía como ‘John el Yihadista’. Poco después, la prensa británica informó de que Emwazi, al saber de su identificación como el verdugo decapitador, había escrito a su familia del Reino Unido para disculparse. La familia vive actualmente en paradero desconocido y bajo protección policial tras haber recibido amenazas.

Por su participación en el degollamiento de Jim Foley, Steven Sotloff, David Haines, Alan Henning, Peter Kassig, Haruna Yukawa y Kenji Goto, ‘John el Yihadista’ se ganó el infame mérito de que tanto el presidente de EEUU como el primer ministro británico prometiesen ajustar cuentas con él. Así empezó una caza que podría haber concluido este viernes si, como aseguran varias informaciones, se confirma que un bombardeo “limpio” desde un dron estadounidense ha silenciado, con 27 años, a la voz más ‘perturbada’ del IS.


Noticia originalmente publicada en El Mundo